Mi historia en Credicorp comenzó hace tres décadas, cuando ingresé como practicante al BCP. Desde el primer día, me cautivó una cultura marcada por la excelencia y la meritocracia real: era evidente que quien hacía bien su trabajo podía construir una línea de carrera sólida. Esa primera lección sobre el mérito sería, sin saberlo, el punto de partida de todo lo que vendría después.
Con el tiempo, entendí que el liderazgo no es una trayectoria lineal. Es, más bien, una sucesión de giros que nos desafían, nos incomodan y nos obligan a evolucionar. Uno de mis grandes mentores, Pedro Rubio, me enseñó esto de una manera tan desafiante como decisiva: me negó una posición que yo creía ganada en la Banca Corporativa para empujarme hacia el planeamiento estratégico. Él vio en mí un potencial que yo todavía no lograba percibir. Ese voto de confianza cambió mi ímpetu —y mi velocidad— para siempre.
Ese giro inesperado terminó llevándome, años después, a un lugar que no había imaginado del todo: el mundo de los seguros. Y fue ahí donde encontré un propósito que le dio sentido a todo el camino recorrido hasta entonces.
Hoy, desde el mundo de los seguros, estoy guiada por el gran propósito de proteger la felicidad de las personas. En un país multiriesgo, donde dos de cada tres familias no cuentan con un plan de contingencia frente a lo inesperado, nuestro rol trasciende lo financiero. No estamos aquí solo para vender un producto. Queremos que cada cliente sienta que no solo lo financiamos, sino que también lo cuidamos y lo acompañamos cuando más lo necesita.
Pero un propósito tan grande solo se sostiene si somos capaces de traducirlo en algo concreto y cotidiano y ahí es exactamente donde la innovación es fundamental.
Para lograr ese propósito, la innovación debe poder traducirse al terreno concreto, a la vida cotidiana de las personas. En el camino hemos aprendido que no basta con diseñar soluciones perfectas en el laboratorio; necesitamos contrastarlas rápidamente con el comportamiento real del mercado.
Un ejemplo claro fue el lanzamiento del seguro para celulares en Yape. Buscamos la perfección absoluta antes de salir al mercado, pero descubrimos que la realidad se comportaba de manera distinta. De esa experiencia nos quedaron tres lecciones que, desde entonces, guían todo lo que hacemos:
- Probar antes y aprender más rápido.
- Desechar lo que no funciona sin temor.
- Ajustar las soluciones según el contexto real de las personas.
Esas mismas lecciones —probar, desechar, ajustar— son, hoy, las que nos permiten imaginar hacia dónde va nuestra industria.
El futuro de nuestra industria es fascinante. Se construirá sobre la hiper personalización y los seguros embebidos: soluciones simples, oportunas y presentes en los momentos clave de la vida del cliente.
Imagino productos modulares, como un Cubo Rubik en el que cada pieza se adapta a las necesidades, hábitos y comportamientos de cada persona. También imagino el uso de tecnologías como los wearables para incentivar y premiar hábitos saludables, acercando el seguro a una experiencia más preventiva, personalizada y útil.
Nada de esto ocurre por inercia: llegar hasta ahí exige la misma valentía que Credicorp me enseñó a tener desde mis primeros años como practicante.
Credicorp me enseñó a ser valiente y a atreverme. A quienes hoy enfrentan desafíos complejos en la organización, los invito a ver cada oportunidad como un espacio para ganar conocimiento, cuestionar lo establecido y avanzar con propósito. La verdadera transformación ocurre cuando somos leales al propósito de generar bienestar y conectamos con la realidad de nuestros clientes para ofrecerles la tranquilidad que merecen.
La pregunta que nos queda por responder es tan simple como poderosa: ¿estamos listos para que cada persona se sienta verdaderamente protegida?




