Hace poco más de seis años, emprendí una ruta en Credicorp que terminó transformándome por completo: liderar el diseño de la estrategia de Sostenibilidad del grupo.
Empecé este camino sin grandes conocimientos técnicos ni “pergaminos” en sostenibilidad. Tenía un MBA, llevaba más de 15 años en el Grupo en roles financieros y de estrategia, y un emprendimiento en el medio. Pero, ¿sostenibilidad? No había nada de eso en mi CV. Lo que sí tenía – y quizás esto fue lo más importante – era una convicción profunda de que ésta era una gran apuesta: nuestra capacidad para generar impacto no solo era innegable, sino que podía ser transformadora, para nuestro entorno y para nuestros negocios. Y nuestros países necesitaban ese compromiso y esa convicción.
Así que me lancé al reto con todas las ganas que hoy me acompañan, como en esos primeros días. Me dediqué a estudiar, a investigar, a conversar con expertos, con los líderes de nuestras empresas, y, sobre todo, con las personas a las que buscábamos impactar. Y una de las cosas más bonitas de ese proceso fue ver cómo otros también se lanzaban: líderes, equipos multi diversos, directores; todos a quienes buscábamos se sumaban. Porque nos unía la misma convicción: que el impacto que podíamos generar era real y necesario.
Además, todo ocurrió en plena pandemia: un entorno que nos obligó a cuestionarlo todo. Desde la forma en la que trabajábamos, hasta el rol que queríamos tener como empresa en una sociedad que estaba viviendo uno de sus momentos más difíciles.
Entendí que la sostenibilidad, en el fondo, era ampliar la mirada. Dejar de verla como algo aislado y reenfocarla hacia una visión de doble impacto: impacto en las personas e impacto en el negocio. Salir del escritorio, entender y buscar proactivamente resolver los dolores y necesidades de las personas desde nuestros productos y servicios – aquellos que estaban a nuestro alcance, pero también aquellos más retadores que necesitaban de una visión de innovación. Se trataba de plantearnos preguntas como, ¿cómo logramos que más personas accedan al sistema financiero y que éste contribuya a mejorar sus vidas? ¿Cómo les damos herramientas para usarlo mejor? ¿Cómo diseñamos soluciones simples, útiles y cercanas? ¿Cómo acompañamos a una mipyme para que pueda acceder a financiamiento y a que sea más productiva y resiliente? Esas preguntas fueron llevando la sostenibilidad cada vez más cerca del core.
Y en ese camino, la visión y la convicción de los líderes fue importantísima. Porque sentó las bases de algo genuino, blindando nuestro enfoque de sostenibilidad a los vientos en contra que años más tarde se generaron. Cuando partes de un lugar de convicción, esas “modas” o vientos en contra pierden fuerza; y es en esos momentos cuando uno demuestra la capacidad de mantenerse firme en su convicción, en sus valores y en su visión. Más allá de cualquier presión del corto plazo.
En estos seis años hemos evolucionado mucho. Primero tuvimos que entrar a todo eso que no siempre se ve y que es un esfuerzo constante: integración en procesos de toma de decisión, planeamiento, cultura, gobierno, métricas y más. Y poco a poco fuimos diseñando iniciativas cada vez más ambiciosas, conectadas con las necesidades de las personas y con los desafíos estructurales de nuestros países: inclusión financiera, educación financiera, acceso a salud de calidad, impulso a mipymes, generación de confianza, e impulso del desarrollo territorial.
Hoy lidero un gran equipo en una gran organización. Y, mirando hacia atrás, no puedo estar más convencida de que la ruta del impacto era la ruta para mí. No porque haya sido la más fácil, sino porque me ha impulsado a aprender más, a escuchar más, a cuestionar más y a conectar el propósito con la acción. Y creo que, cuando partes desde la convicción, ese camino no solo transforma a las organizaciones: también te transforma a ti.




